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Potente e
inesperado, como un trueno en las sombras,
un dolor me
galopa la sangre y me abre el pecho;
me rodea
inclemente, se relame en mis sobras,
me golpea sin
piedad, quiere verme deshecho.
Yo vivía
tranquilo hasta hace poco tiempo
pero la
adversidad vino a golpear mi puerta,
y no quiero
sentir esta presión que siento,
preciso mantener
mi esperanza despierta.
Mas la garra
violenta del destino me asecha,
me asedia como
un tigre oculto en la espesura,
un muro de
pesares se levanta y me encierra,
un océano de
lágrimas me hunde en la amargura.
Me tropiezo en
la huida, pega mi rostro en tierra,
y veo sangrar
mis manos víctimas de este embate,
mi cuerpo, ya
sin fuerza, se derrumba entre piedras
y mi mente a un
recuerdo de amor va a refugiarse.
Solitaria
melodía va hacia mí cadenciosa
retrayéndome al
tiempo aun cercano de aquella
amada que motivó sonata luminosa,
sonata de noche
plácida, hecha en luna y estrellas.
Pero es corta mi
dicha como ese amor pasado
y de nuevo
golpea la realidad presente,
recuerda que
está aquí el dolor inesperado
para herir mi
pasión de una vez y para siempre.
Voy de nuevo a
refugiarme en lo dulce en mi vida,
los días de
juventud con los maestros primeros,
y evoco aquellos
años de clásicas melodías
cuando no sabía
aun darle libertad a mi vuelo.
Pero implacable,
enferma de ansiedad destructora,
como un tifón,
la angustia me zumba en los oídos,
se mofa de mi
suerte y me la muestra próxima,
robándome la
vida al robarme el sonido.
No me rindo, no
puedo permitirme ese lujo;
mi genio
luchará, no caeré vencido,
el valor me
levanta cuando su arenga escucho:
“Las orejas de
tu alma reemplazarán tu oído”.
Larga es esta
guerra frente a lo inevitable,
me socava la
pena del sentido que pierdo,
pero enfrento al
destino, sé que puedo trocarle,
puedo abrir mis
ventanas, apagar este infierno.
La música no
será una vieja compañera,
no habrá
ausencia que logre separarme de ella;
ya se metió en
mi alma y cabalga soberbia
para cambiar la
historia musical de la Tierra.
De nuevo el
valor con su arenga me anima:
“Las orejas de
tu alma reemplazarán tu oído”.
Y me muestra el
futuro, el final de mi vida,
donde cantará un
coro a un hombre que ha vencido.
Daniel Adrián
Madeiro
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© Daniel Adrián Madeiro.
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